Los resultados de PISA 2025 deberían encender una alarma. A los 15 años, el 76% de los estudiantes argentinos no alcanza el nivel mínimo esperado en Matemática y el 59% tampoco lo alcanza en Lectura ni en Ciencias. Argentina obtuvo 367, 389 y 393 puntos, respectivamente, y quedó octava entre los 13 países latinoamericanos participantes en las tres áreas. Además, respecto de 2022, los resultados empeoraron en las tres evaluaciones.
No se trata solamente de una mala foto. En Matemática, la proporción de estudiantes por debajo del nivel básico pasó del 64% en 2006 al 76% en 2025. En Lectura aumentó del 44% en 2000 al 59% actual. Y Ciencias, que había mostrado mayor estabilidad, también retrocedió en esta edición: los estudiantes por debajo del nivel mínimo pasaron del 54% en 2022 al 59% en 2025.
El problema va más allá de la pobreza
Existe un deterioro internacional de los aprendizajes, pero eso no alcanza para relativizar la situación argentina. La OCDE encuentra mayores dificultades frente a textos largos y tareas que demandan sostener la atención, integrar información y reflexionar, junto con un crecimiento de las respuestas rápidas pero incorrectas. También muestra que parte importante del deterioro internacional reciente se produjo entre estudiantes socioeconómicamente favorecidos.
Argentina ofrece una señal todavía más contundente. En Ciencias, el cuartil socioeconómico más alto del país obtiene un desempeño similar al cuartil socioeconómico más bajo del Reino Unido. El contexto socioeconómico importa y sigue asociado a los aprendizajes, pero una brecha de esta magnitud muestra que la pobreza no puede ser la única explicación del bajo desempeño argentino.
También hay diferencias relevantes dentro del país. Entre PISA 2022 y 2025, mientras Argentina cayó 12 puntos en Lectura, 11 en Matemática y 13 en Ciencias, Córdoba registró variaciones de -2, -1 y +12 puntos, respectivamente. CABA y Mendoza, en cambio, retrocedieron en las tres áreas. Estas diferencias no demuestran por sí solas qué políticas explican los resultados, pero sí muestran por qué es necesario comparar experiencias, identificar qué está funcionando y utilizar esa información para mejorar la gestión educativa.
Evaluar mejor para gestionar mejor
Los resultados también obligan a mirar mejor nuestras propias evaluaciones. Aprender 2025 mostró mejoras en los estudiantes de 6° grado de primaria respecto de 2023, tanto en Lengua como en Matemática. PISA muestra ahora un deterioro entre los jóvenes de 15 años. No son evaluaciones directamente comparables ni miden a los mismos estudiantes, pero justamente por eso deberían utilizarse de manera complementaria: para entender qué aprendizajes mejoran, cuáles se pierden a lo largo de la trayectoria escolar y dónde es necesario intervenir.
Para evitar que cada resultado educativo termine leído desde la coyuntura política, Argentina debería avanzar hacia un organismo independiente de evaluación educativa, con autonomía técnica, criterios metodológicos estables, información pública y continuidad institucional. Su objetivo no debería ser simplemente producir más pruebas o rankings, sino transformar la información en herramientas concretas para las provincias y las escuelas.
El cambio ocurre en las escuelas
Pero evaluar tampoco alcanza. El cambio ocurre en las escuelas. Una reforma educativa requiere involucrar y acompañar a docentes y equipos directivos, fortalecer su capacidad de gestión y revisar aspectos centrales de la política docente: la carrera, la formación continua y los incentivos.
También hace falta usar mejor los recursos disponibles, orientarlos hacia las necesidades prioritarias y evaluar qué políticas y prácticas están dando resultados. La OCDE señala que no alcanza con gastar más: importa cómo se asignan y utilizan los recursos.
A esto se suma un desafío cada vez más importante: definir reglas claras para el uso pedagógico de la tecnología y la inteligencia artificial. Estas herramientas pueden ayudar a aprender, pero su impacto depende de cómo se incorporan. El objetivo debe ser que sirvan para mejorar el razonamiento y el aprendizaje, no para reemplazar el esfuerzo cognitivo.
El Plan Nacional de Alfabetización y una agenda específica para Matemática son necesarios. Pero alfabetizar es el punto de partida, no una reforma educativa completa. Los jóvenes necesitan también comprender textos complejos, razonar, evaluar información y aplicar conocimientos a situaciones nuevas. Son capacidades cada vez más importantes en una economía atravesada por la inteligencia artificial y el cambio tecnológico.
Sin capital humano no hay crecimiento sostenible
Argentina puede estabilizar su economía, ordenar sus cuentas y recuperar la inversión. Pero será difícil sostener un proceso de crecimiento si tres de cada cuatro jóvenes llegan a los 15 años sin alcanzar las competencias matemáticas básicas que mide PISA.
Los datos están. Es hora de usarlos para cambiar los resultados.





