En el documento de revisión del FMI para el segundo desembolso del préstamo a Argentina, el directorio del Fondo resalta el compromiso del gobierno con el equilibrio fiscal y se pondera como muy positivos los avances alcanzados en materia de ordenamiento macroeconómico. También se señala que queda una agenda desafiante de reformas pendientes. Dentro de ellas se destaca la importancia de abordar las reformas tributaria y previsional a los fines de darle sostenibilidad al equilibrio fiscal. Subyace la preocupación de que se siga dilatando el abordaje de estas transformaciones.
Ciertamente que las complejidades en materia tributaria y previsionales son enormes. El ordenamiento tributario exige un acuerdo de coordinación fiscal entre la Nación, las provincias y los municipios para eliminar la perversa superposición de funciones y de impuestos. En materia previsional también es necesaria la coordinación entre niveles de gobierno ya que el sistema jubilatorio está conformado, no solo por el régimen nacional, sino que se suman 13 cajas provinciales, 29 cajas municipales y 82 cajas de profesionales. Es evidente que la resolución de ambos temas no depende sólo de la voluntad del gobierno nacional.
La pregunta es cuán sostenible resulta seguir postergando el ordenamiento del sistema previsional. Dentro de las muchas aristas que tiene el tema una particularmente importante es la natalidad. En relación a este punto, según las estadísticas vitales del Ministerio de Salud nacional, se observa que:
Entre 2003 y 2015 nacían en promedio aproximadamente 737 mil niños por año.
En el 2024 nacieron apenas 413 mil niños.
En decir que en la última década la cantidad de nacimientos cayó un 44%.
Estos datos muestran que los nacimientos sufrieron un abrupto cambio de tendencia desde hace una década atrás. La caída en el número de nacimientos agrega un nuevo factor de presión sobre el sistema previsional. Hay que tener en cuenta que todos los esquemas jubilatorios que proliferan en Argentina son de reparto. Esto es, los adultos pagan las jubilaciones de los ancianos con la expectativa de que los niños paguen sus jubilaciones cuando ellos sean ancianos. Pero si hay cada vez menos niños, el esquema de reparto deviene no sustentable. La caída de la natalidad acelera la crisis previsional.
Este cambio demográfico también pone en fuerte tensión la cobertura de salud para la vejez. Así como los esquemas jubilatorios fueron concebidos a principios y mediados del siglo pasado con parámetros demográficos muy diferentes a los actuales, la cobertura de salud central de la vejez (PAMI) fue diseñada en 1971, cuando la cantidad de niños triplicaba a los mayores de 60. La regla financiera de la cobertura de salud está pensada para población joven. Se asigna el 9% del salario para la salud de los activos y sus hijos en obras sociales y prepagas, cuando son viejos se los afilia compulsivamente a PAMI con el 5% del salario de los activos. Un vacío más notable es que los cuidados geriátricos ni siquiera tienen mecanismos institucionales de cobertura social.
Pero no solo es imprescindible adaptar las instituciones de cuidado de la vejez. También es necesario hacerlo en las instituciones de la niñez. Los sistemas de educación provinciales siguen formando e incorporando docentes de educación primaria cuando las tendencias son claramente a la reducción de la matrícula. En lugar de seguir contratando inercialmente más docentes, el foco debe estar en modernizar las reglas del trabajo docente para priorizar el objetivo –largamente postergado– de aumentar la calidad de la educación. El problema no es la falta de escuelas, ni docentes, sino la muy baja calidad de la enseñanza. En el mismo sentido se impone una reconversión de los prestadores de salud, tanto públicos como privados, para adecuarlos a una menor demanda de servicios pediátricos. Particularmente importante es la revisión de las costosas áreas de neonatología y terapias intensivas infantiles.
La intensidad de los cambios demográficos alerta sobre la urgencia de romper inercias y abordar la adecuación de las instituciones previsionales, educativas y de salud. Las decisiones son complejas y difíciles de instrumentar. Pero la peor de las decisiones es, sin dudas, mantenerse en el inmovilismo.





