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Todo proyecto político necesita equilibrio fiscal

Todo proyecto político necesita equilibrio fiscal

Por Jorge Colina, Presidente de IDESA

Pareciera que los que manejan la política en el Gobierno consideran que la situación económica se ha normalizado desde setiembre del año pasado, cuando el dólar paralelo casi toca los $200 a la fecha. Tanto es así que no sólo se oponen al ajuste tarifario para controlar el déficit fiscal sino que hasta sugieren de que el mismo déficit fiscal no sería un problema. De aquí que proponen volver al confinamiento rígido con asistencia del Gobierno a través de los APT y los IFE, como el año pasado.

La calma en el dólar responde a medidas que se tomaron en la dirección correcta. Por caso, en lo que va del 2021 la asistencia del BCRA al Tesoro (emisión para cubrir el déficit fiscal) se frenó. En enero y febrero no hubo asistencia y en marzo y abril fue de $190.000 millones, que es menos del 10% de la base monetaria. El déficit fiscal también se redujo en el primer trimestre a la mitad de lo que fue en el mismo trimestre del año pasado. Esto le facilitó al Tesoro financiar sus vencimientos de deuda con títulos públicos.

El punto es que esta reducción del déficit fiscal del primer trimestre es transitoria. Se explica por un crecimiento extraordinario de los ingresos públicos que ya se apacigua en abril y por el retraso de salarios públicos y jubilaciones que crecieron sólo 31% interanual con una inflación del 40%. En lo que resta del año habrá demandas por recomposición salarial, las jubilaciones se van a ajustar por la regla de movilidad y, además, Anses tiene atrasadas casi la mitad de los otorgamientos de nuevas jubilaciones. El sistema previsional, en general, otorga regularmente unas 350.000 nuevas jubilaciones y pensiones por año. En 2020 se otorgaron apenas 190.000, producto de que la Anses cerró sus puertas por el confinamiento. En algún momento de 2021 se tiene que poner al día.

A su vez, el financiamiento del déficit vía emisión de títulos públicos ya está poniéndose más caro. En la última licitación del Tesoro, el mercado pidió un aumento de tasas, aun cuando se mostró bastante amigable. El mercado pidió una tasa de interés similar a la inflación por lo que el aumento de la tasa de interés se debió a que aumentó la expectativa de inflación. En otras palabras, no es que el mercado se puso arisco. Es el propio déficit fiscal el que hace subir la tasa de interés por las expectativas al alza de la inflación que produce.

En el mismo sentido, pensar que el BCRA puede atenuar el impacto inflacionario de la emisión, como lo hizo el año pasado, sacando dinero del mercado con Leliq y pases ya encontró sus límites. El stock de Leliq y pases es superior al total de depósitos a plazo fijo de los privados. Esto es consecuencia de que la bola de nieve de los intereses está creciendo. Creer que el mecanismo de las Leliq y pases puede ser indefinido es una equivocación porque la contrapartida son los plazos fijos, que tienen un límite.

Por todo lo anterior es que el ministro propone tomar medidas para reducir el déficit fiscal de manera permanente.

Una anécdota ayudaría a reflexionar al ala política del gobierno. En Uruguay se formó una alianza con una veintena de partidos de izquierda que ganó la presidencia y estuvo en el poder casi 15 años. Es el Frente Amplio. Cuando perdió fue por muy pocos votos por lo que se puede decir que se fue por la puerta grande. Entró con una pobreza de 32% y se fue con una pobreza de 8%. Evidentemente que es un proyecto político de envergadura y más que interesante. Bueno, el Frente Amplio nunca descuidó el déficit fiscal. Siempre lo tuvo controlado para así tener controlada la inflación. Esto es lo que lo hizo ganar tantas elecciones y reducir la pobreza.

La enseñanza del FA de Uruguay es que todo proyecto político sustentable debe pararse sobre el equilibrio fiscal. Más cuando dice estar a favor de los pobres.

Fuente: El Economista

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El conurbano bonaerense está poniendo a Argentina en su encrucijada más difícil

Por Jorge Colina

El dato más duro que publicó el Indec con respecto a la pobreza no es tanto que la tasa pasó del 35% al 42% de la población entre los segundos semestres de 2019 y 2020, sino que en el conurbano bonaerense subió del 41% al 51% de la población. O sea, en el conurbano ya más de la mitad de la gente es pobre.

En el resto de los grandes aglomerados urbanos que releva el Indec, la pobreza pasó de 32% a 35%. Es decir, no subió tanto en promedio.

Ciertamente que hay otros aglomerados grandes como Rosario y Córdoba que están por encima de este promedio del interior (38% y 41%, respectivamente). Pero estos números están todavía a cierta distancia de lo que están en el conurbano bonaerense. Además, Gran Córdoba y Rosario son dos grandes ciudades del interior. Pero el conurbano es 10 veces más grande que cada una de ellas. En otras palabras, lo que le pasó al conurbano es muy serio. Es, por lejos, la concentración de gente más grande del país que cayó en la pobreza.

La pregunta que cabe hacerse es si esto se revertirá cuando pase lo peor de la pandemia. Es de esperar que lo que sucedió en el conurbano es que mucha gente perdió el empleo y, obviamente, se quedó sin ingresos suficientes para comprar la canasta básica. Para esto sirve mirar los otros datos que publicó el Indec que son los del mercado laboral.

Desde que comenzó la cuarentena, la tasa de desempleo en el conurbano se mantuvo en el orden del 15%. En términos de cantidad de gente, osciló entre 600.000 y 800.000 personas desocupadas. Es decir, no tienen empleo y buscan activamente uno. Son muchas personas, pero no varió tanto como era de esperar con semejante caída de la actividad.

Lo anterior no significa que no haya escasez de empleo. La falta de trabajo se observa en la inactividad laboral. Esto es gente que por el confinamiento perdió el empleo y se quedó en la casa. Al principio del confinamiento, en el segundo trimestre de 2020 se retiraron del mercado de trabajo en el conurbano 1,5 millones de personas. Muchas volvieron, aunque no todas. En el tercer trimestre todavía se registraban 700.000 personas que se mantenían fuera del mercado de trabajo. En el cuarto trimestre todavía quedaban 400.00 personas del conurbano fuera del mercado laboral.

Entonces, son más las personas que se retiraron del mercado laboral, que lo que subió el desempleo. Esto es claramente un fenómeno de caída en la inactividad laboral, que luego se puede volver muy complicado de revertir. En el caso del desempleado, al menos está buscando un empleo, por lo que el desafío es generar ese empleo. En el caso del inactivo, es más complicado porque además del desafío de generar el empleo está también el de “activar” la persona para que salga a buscarlo al empleo. El agravante es que mientras más gente está en la inactividad laboral, más empleabilidad (condiciones para ser empleada) pierde. Así, se corre el riesgo de que la pobreza se vuelva estructural.

Aquí viene la consecuencia política más seria para el mediano plazo. El conurbano bonaerense, por ser el aglomerado con mayor cantidad de personas, es el que mayor peso electoral tiene en el país. Si más de la mitad de esta enorme urbe es pobre y está atrapada en la inactividad laboral y el desempleo, el asistencialismo se vuelve una necesidad estructural e inevitable (no se puede dejar a la gente a la buena de Dios). Este es el campo propicio para instalar en Argentina ideas de un proyecto nacional de corte populista. Dar la asistencia social a cambio del voto y tantos votos hay en el conurbano que representan, obviamente, poder político a nivel nacional.

La posibilidad de esta tentación es la que está generando la otra tentación. Que empieza a sonar en las provincias más productivas de la zona agroindustrial en la región central. Son estas ideas que se tiran al pasar pero que corren el riesgo de instalarse, que son, las del independentismo.

No hay nada nuevo en señalar que el conurbano siempre fue el tema más irresuelto de la decadencia económica y social argentina. Pero hoy, que superó su propio límite y es que más de la mitad son pobres, inactivos laborales y dependientes de la asistencia social, genera una encrucijada más compleja aún.

No sólo de resolver, sino hasta de prever qué consecuencias políticas, económicas y sociales traerá a Argentina.

Fuente: https://eleconomista.com.ar/2021-04-conurbano-pone-argentina-encrucijada/

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La pandemia no es lo peor que le pasó a la educación

La discusión entre el Gobierno Nacional y el de la Ciudad de Buenos Aires en torno a cerrar o mantener abiertas las escuelas es un tema opinable. Por un lado, el Gobierno Nacional señala que la tasa de contagio está muy alta por lo que mantener abiertas las escuelas expone a gente al contagio. El jefe de la Ciudad de Buenos Aires pondera el hecho de que los niños ya perdieron un año escolar con lo cual entiende que lo último en cerrar deberían ser las escuelas. Dado que efectivamente la tasa de contagio es muy alta y los niños perdieron un año escolar, ambas posiciones tienen razón. Las opiniones de la gente pueden ir en cualquier de los dos sentidos.

Donde sí hay certezas, es que los chicos argentinos vienen teniendo cerradas las escuelas desde hace varias décadas. Hay un estudio publicado en el Journal of Labor Economics, que se puede bajar de Internet, hecho por dos autores extranjeros llamado “Los efectos de largo plazo de los paros docentes: evidencias desde la Argentina”.

El estudio señala que los paros docentes harían que los alumnos, cuando adultos, tengan menos empleos y peores salarios. Sin entrar a la controversia de estos resultados, el dato duro de este estudio es que contabilizó 1.500 paros docentes en la Argentina desde que recuperó la democracia hasta el 2014. De hecho, los autores no tenían ningún interés en Argentina. Tomaron el caso de Argentina porque es difícil encontrar otro país donde los alumnos hayan sufrido tantos paros.

Ahora, los paros docentes son una parte del problema educativo. La otra parte del problema está en que cuando las escuelas están abiertas funcionan mal por las deficiencias en la gestión de los docentes. Los vetustos y atávicos estatutos docentes permiten y promueven malas prácticas como el ausentismo, la falta de compromiso, la mala o nula capacitación y los viejos métodos de enseñanza. Pero el mayor daño que hacen es que fijan los salarios en función de la antigüedad, no del mérito. Por lo tanto, castigan a los docentes que se esmeran por la enseñanza y el aprendizaje de sus alumnos.

Entonces, Argentina termina gastando mucha plata en educación pública (entre 5% y 6% del PIB), al punto tal que en las provincias argentinas hay en promedio 2 cargos docentes de primaria por cada 25 alumnos. Pero las aulas están abarrotadas de alumnos porque los docentes están de licencia y los docentes que trabajan están mal pagados.

Los resultados del paro docente como medio de vida y la deficiencia en la gestión de los docentes están a la vista. Hay una prueba que se llama PISA que mide la calidad educativa de los países. Es una evaluación que se toma a jóvenes de 15 años de edad para medir sus capacidades de lectura. La referencia son 500 puntos que es lo que tienen los países desarrollados. En el 2000, los jóvenes de Argentina obtenían 418 puntos. En el 2018 obtuvieron 402. O sea, fueron para atrás.

A esta altura alguien se puede preguntar: bueno, pero qué pasó en los países vecinos, ¿por ejemplo?

Los jóvenes de Chile, en el 2000, obtenían 410 puntos (como Argentina). En 2018 obtuvieron 452 puntos. Los que organizan la prueba PISA señalan que una diferencia de 40 puntos pueden asimilarse a un año más de estudios. Siendo así, Argentina entonces ya había perdido aprendizajes asimilables a un año de estudios antes de la pandemia.

En el caso de Perú, en el 2000 sus jóvenes obtenían 327 puntos (bien atrás de Argentina). En el 2018 obtuvieron 401 puntos (igualaron a Argentina). Lo más notable de los peruanos es que, en los últimos 20 años, mejoraron en casi 2 años de estudio los aprendizajes de sus jóvenes.

Si las escuelas deben permanecer cerradas en pandemia es un problema, pero de coyuntura. En algún momento, no lejano, la ciencia va a dominar al virus. Allí va a emerger de nuevo el problema estructural: la decadencia de la educación argentina.

Ojalá la crisis del coronavirus sea la oportunidad para activar las mentes y aceptar que hay que cambiar las reglas del sistema educativo argentino para sacarlo de su larga crisis.

Fuente: https://eleconomista.com.ar/2021-04-la-pandemia-no-es-lo-peor-educacion/

 

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