Informe Nº: 31/03/2025
El INDEC publicó las cifras del segundo semestre de 2024, que muestran una reducción en los niveles de pobreza e indigencia. Sin embargo, el panorama sigue siendo crítico, especialmente para los niños, niñas y adolescentes. ¿Qué hay detrás de los valores de pobreza monetaria?
El INDEC publicó hoy los datos de pobreza e indigencia correspondientes al segundo semestre de 2024. Es importante tener en cuenta que estos valores solo representan niveles de pobreza monetaria, es decir, pobreza medida con los ingresos de los hogares. En la segunda mitad del año, el 38,1% de las personas se encontraba en situación de pobreza, mientras que la pobreza por hogar alcanzó al 28,6%. Estos valores representan una mejoría con respecto al primer semestre, cuando la pobreza había alcanzado niveles más altos debido al fuerte impacto de la inflación sobre los ingresos reales. Se estima que aproximadamente 6 millones de personas lograron salir de la pobreza y 4 millones de personas dejaron de estar en situación de indigencia respecto al semestre anterior.
Esta mejora puede explicarse, principalmente, por la desaceleración inflacionaria observada en la segunda mitad del año, que permitió una recuperación parcial del poder adquisitivo de los ingresos. En contraste, el primer semestre estuvo marcado por un contexto de alta inflación que deterioró fuertemente la capacidad de compra, especialmente de los hogares más vulnerables.
Por otro lado, el análisis de la pobreza por grupo etario permite identificar con mayor precisión qué sectores de la población son más vulnerables. Y los datos son contundentes: los menores de 18 años son, por lejos, el grupo más afectado.
¿Cómo impacta la pobreza en los niños?
En el segundo semestre de 2024, el 52,7% de los niños, niñas y adolescentes se encontraban en situación de pobreza monetaria. Este dato no solo es alarmante por su magnitud, sino también por su persistencia: desde diciembre de 2016, la pobreza infantil se ha mantenido sistemáticamente por encima del promedio general, mostrando que la infancia enfrenta condiciones estructurales de vulnerabilidad que no se corrigen con el tiempo. Como se puede observar en el Gráfico 1, esta realidad afecta de manera similar a la primera infancia (0-5 años), la infancia (6-11 años) y la adolescencia (12-17 años), sin grandes diferencias entre estos subgrupos.
Sin embargo, estos datos sólo capturan la pobreza desde una perspectiva monetaria, que representa apenas una parte de las múltiples carencias que enfrentan estos hogares. Al observar con mayor detalle las condiciones estructurales de los hogares con niños en situación de pobreza, el panorama se vuelve aún más preocupante.
Pobreza multidimensional
El 24% de los hogares con niños en situación de pobreza no cuenta con ningún integrante que haya completado la enseñanza obligatoria, lo que limita seriamente sus posibilidades de acceder a empleos de calidad. Al analizar su participación en el mercado laboral, se observa que el 25% de los jefes y jefas de hogar están desocupados o directamente inactivos. Entre quienes sí tienen empleo, el 53% lo hace en condiciones de informalidad, ya sea como asalariados no registrados o como cuentapropistas no profesionales. Esta precariedad laboral impacta directamente en la estabilidad de los ingresos y el acceso a derechos básicos.
En el plano de la educación, los niveles de calidad educativa son alarmantemente bajos. Según los resultados de las pruebas PISA 2022 —que son exámenes internacionales que evalúan competencias en matemáticas, lectura y ciencias en estudiantes de 15 años—, el 88,3% de los alumnos de menores ingresos no alcanzó el nivel mínimo de desempeño en matemática, el 72,5% no lo logró en lectura, y el 71% en ciencias.
En términos de infraestructura básica, la mitad de los hogares con niños pobres no accede a gas por red, y el 14% carece de conexión a agua corriente.
Por último, más del 42% de estos hogares declara depender de ayudas sociales como parte de sus ingresos mensuales, lo cual revela un nivel alto de vulnerabilidad y dependencia del Estado para subsistir.
Esta combinación de pobreza de ingresos, falta de acceso a servicios básicos, precariedad laboral y bajo nivel educativo configura un escenario de vulnerabilidad multidimensional, que condiciona las oportunidades de desarrollo de millones de niños y niñas. Que 5 de cada 10 menores en Argentina crezcan en contextos de pobreza es un dato que interpela. Si no se garantiza una infancia con condiciones dignas, no hay posibilidad real de construir un futuro con mayor equidad.
¿Cómo romper el círculo de la pobreza?
La pobreza coyuntural bajó, y esto se debe a que su principal determinante es la inflación y la erosión que esta provoca en las remuneraciones de los trabajadores, al lograr controlar la inflación permitió que algunas remuneraciones recuperaran poder adquisitivo. Sin embargo, la pobreza estructural exige soluciones de fondo, y lograr reducirla es un desafío de largo plazo que implica abordar múltiples factores como trabajo, educación, salud y vivienda.
Por lo tanto, no alcanza con aumentar el gasto público en programas asistenciales, como se ha hecho durante los últimos gobiernos, si no se transforman las condiciones de fondo que perpetúan estas condiciones de vulnerabilidad.
Como revelan los datos, la infancia es el grupo más afectado, y eso debería encender todas las alarmas. Un factor determinante es la situación laboral de los jefes y jefas de los hogares de estos niños. Sin acceso a empleos de calidad, ya sea por su bajo nivel educativo o por las barreras del mercado formal, las posibilidades de mejorar sus condiciones de vida son muy bajas, y por lo tanto, sus hijos difícilmente puedan escapar de esa realidad.
En este escenario, la Asignación Universal por Hijo (AUH) cumple un rol relevante, por su focalización en la niñez y sus condiciones de corresponsabilidad, como la asistencia escolar y el cumplimiento del calendario de vacunación. Sin embargo, no deja de ser un paliativo ante la emergencia.
Una herramienta efectiva para combatir la pobreza es aumentar la cantidad y calidad del empleo. Para lograrlo es clave generar un entorno propicio para la inversión y el crecimiento económico.
En consecuencia, respecto al mercado laboral, eliminar regulaciones que obstaculizan la actividad económica, simplificar el sistema tributario, modernizar las leyes laborales y los convenios colectivos para adaptarlos a las realidades del mercado, el avance tecnológico y las posibilidades económicas de cada empresa, en especial de las pymes, es el paso que Argentina tiene que dar.
Por otro lado, es fundamental transformar el sistema educativo para garantizar la finalización del secundario con altos estándares de calidad. Esto debe ir acompañado por una reestructuración del nivel medio, para incluir la educación vocacional.
Brindar formación técnica y opciones concretas de empleabilidad es la forma más efectiva de ofrecerles a los jóvenes de hogares pobres, herramientas reales para construir un futuro mejor, ya sea a través del acceso a un trabajo digno o la continuidad de sus estudios.